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Volver a Mirar

No solemos mirar a nuestro alrededor. Vemos muchas cosas, tenemos la retina bombardeada por miles de imágenes y nuestros oídos abarrotados por ruidos que nos invitan a la evasión. Intentamos ver el último espectáculo o la última ráfaga de la moda que nos da pie a enfundarnos de ligerezas y apariencias para mantener en todo lo alto la posibilidad de captar un elogio o suscitar una pizca de envidia en quienes tenemos en nuestro entorno.
Padecemos la avidez del turista que capta con su cámara aquella situación curiosa o el lugar al que nunca vuelve porque realmente no tiene ningún sentido volver. Todo su atractivo se desvanece a partir del momento en que deja de producirle la sensación de la primera vez, de ese continuo pasar por la cosas sin que dejen el más mínimo rastro dentro de nosotros. Solo queda la impresión de un ligero hastío que nos vuelve devoradores de vaciedades que camuflen nuestro interior blanqueado y desamueblado.
– Mira a tu izquierda… Un Caminante… Es César y le invité a comer en el Hogar…

No le había visto. Es cierto que intentaba no perder detalle en el recorrido por la ciudad, pero mi interior aún no estaba disponible para asumir la realidad que me rodeaba. Tampoco era neutral, pero me faltaba aún dejarme penetrar de esa sensibilidad interior que me capacitara para dejarme tocar de las mujeres y hombres que transitan en la ciudad sin un rumbo definido, porque en realidad no les queda un objetivo que marque sus pasos.

Tuve que detenerme. Tuve que volver a mirar. Tuve que aprender a vaciarme de las ideas preconcebidas. Y de nuevo… volver a mirar. Cruzarme con ese rostro repleto de incertidumbres detrás de su pelo y sus barbas descompuestas, tanto como la cantidad de días y días de falta de higiene en todo su cuerpo.
Descubres, entonces, que con la falta de higiene se percibe la ausencia de ese toque humano que le invite a sentarse a una mesa dónde pueda saciar su hambre. Un toque humano que, a la vez, sea lo suficientemente cálido y cercano  como para modelar una pequeña sonrisa que alivie toda la tensión de su rostro. Una tensión gestada también en largas noches de incertidumbre en un incierto rincón de la ciudad.

Esa nueva mirada también nos capacita para moldear nuestro propio interior. Ese que va gestando un espacio propicio para la comunión por la que buscamos la oportunidad para salir de nosotros mismos e ir al encuentro del otro que, a mi lado, trata de encontrar una forma de resurgir de las dificultades por las que atraviesa.

César vino y no se ha quedado; sin embargo se encontró con Alejandrina, Horacio, Nancy... que llevan tiempo en el Hogar. Su paso no ha sido indiferente. Tampoco nos ha dejado indiferentes. Cada vez que cruzamos las calles por las que solía transitar, nuestra mirada intenta agudizarse una vez más para buscarle; para  invitarle... una vez más. Una mirada que ha de proporcionarle la confianza suficiente para que supere sus mismas contradicciones – acaso conflictos – y se disponga, él también, a la comunión del mismo techo del Señor de los Caminantes.

Los encontrarremos siempre cuando nuestras manos se pongan a la tarea de transformar sus miradas. Entonces, su sonrisa confiada aclarará la luz de nuestros ojos.