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Para Caminar

Caminar.
Es un imperativo. Ponerse en camino, aún cuando todas las cosas parecen ponerse del revés. Aún cuando nosotros mismos podamos pensar que  estamos haciendo las cosas del revés por incapacidad o desacierto. Allí, en esas circunstancias, tal vez desorientados y fracasados, sin ser capaces de valorar realmente lo que llevamos entre manos desde la perspectiva de Jesús y del Reino; allí donde, posiblemente, las condiciones para reconocerle sean escasas; allí,  Él nos alcanzará.

Le veremos acaso lavándose las heridas de los pies al borde de una acequia en una mañana cualquiera, y nos infundirá su dolor en el corazón...; quizás cargando con un viejo carro de viejas pertenencias rebuscadas en cualquier contenedor de las basuras...; o simplemente echado en una acera de la derrota cuando todos los intentos han fallado... Y, a pesar de reconocerle en todos esos rostros, también nosotros podemos tropezar con nuestra misma imposibilidad para decirle:

– ¡Vente conmigo a la casa que te pertenece!

Pero en esa mañana, cuando le encontremos o se nos acerque... En esa mañana intentaremos frotarnos las legañas que anestesian nuestras entrañas para escuchar entonces su voz que nos invita a dar un paso más. Para algunos, será un último esfuerzo; para otros, sin embargo, va a suponer el primer aldabonazo en su corazón para dejar atrás una vida estancada en la acomodación de tenerlo todo resuelto. Ese día entenderemos que todo carece de sentido cuando no nos centramos en su mirada; saber interpretar qué está detrás de sus miradas dolientes. Entonces, escucharemos:
– No daré reposo a mis párpados hasta que no encuentre la casa de mi Señor.
Ese día, el Espíritu hará brotar de nuevo la oración en los labios de Jesús:

– Te bendigo, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y se las has revelado a los pequeños. (Lc. 10,21).

Es el abrazo de Jesús aún cuando pueda estar impregnado de la negación de la vida más elemental: es decir, la propia incapacidad de reconocerse a sí mismo recubierto de andrajos. El abrazo de Jesús que reclama a gritos ser sumergido en un bautismo del Jordán, allí donde manan las aguas claras que recompongan el rumbo de su vida hacia el encuentro con los hermanos. Jesús tan humano como salido de las entrañas de una mujer; tan humano que yace desnudo y herido a las orillas del camino que bordean impasibles el sacerdote y el levita que en cualquier lugar del mundo no entendemos que vendar las heridas de los desechados, es una prioridad del Reino.